La máquina de rimar.

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Todo el mundo tiene una ya. Es por fin según los mejores sponsors, multinacionales y youtubers accesible a todos los públicos, de niños a mayores, modelos cada vez más novedosos y fáciles de usar. La patente inicial de la máquina no tiene más de seis años y ha sido comercializada en el globo y conocida en toda la ciudad desde la fatídica derrota de KS- Ow, Sergio Escribano y otros cientos de poetas que se batieron en duelo contra ella y no pudieron superar la primera ronda programada.
El mundo ha tenido ya entonces ante sus ojos la inteligencia que podía expresar más plena y bellamente que el hombre la esencia atemporal y pura de la poesía y desde que la invención es pública muchos como yo pensamos que todo lo que inspira a las almas está destinado de alguna manera a morir. El panorama cultural decae de hace años en una vorágine de figurines y fantoches de internet y los Mass Media han aniquilado con ingentes dosis de hiper – realidad lo que quedaba de poético y sensible en la tierra, pero es que la máquina de rimar es sencillamente el último golpe de gracia para aquellos que buscamos rescatar esa esencia.
Hoy estando en casa he visto la noticia del lanzamiento de un último modelo definitivo. Lo presentan en el centro comercial y he planeado ir solo para tenerlo entre mis manos, palparlo un momento e irme. Según ha salido en la tele me he puesto a escribir y he metido en el bolsillo de la chaqueta las copias de lo escrito y más poemas para hacer algo con ellos allí, no sé el qué, pero cualquier cosa que boicotee la existencia de la máquina.
Y es que alguien tiene que parar esta aberración. La humanidad y la pasión que mueve las fuerzas inmensas del cosmos está a punto de desaparecer. La herramienta, pues así la llaman, una con uso libre, potenciales buenos y malos, entraña ahora que todos la usarán una amenaza letal para el arte ancestral de la lírica y el oficio sagrado del poeta. Pienso en las inminentes consecuencias y me obsesiono en torno a esta idea sentado en el bus, a una parada de la tienda y envuelto ya en el bullicio, las cientos de personas que se hacinan a las puertas para obtener el dispositivo. La gente hace corrillos para hablar del invento y espera la cola a cinco minutos de que la famosa cadena de tecnologías abra la veda para hacerse con un ejemplar. El ambiente me resulta histérico y banal, la mayoría de idiotas que han venido a comprar la máquina son en esencia raperos, perfo – poetas, traperos o reggaetoneros, pero hay gente que parece solo haber acudido simplemente por la novedad, como atraída por el fenómeno de masas. Eso me digo ya en mi posición esperando, masas, una masa informe y homogénea de idiotas que colman la tierra y que usurparán la vocación real de quienes como yo todavía creemos en el poder de la poesía.
La tarde ha venido con vientos fríos y oscura, y yo siento la tentación de retractarme y volverme a casa por momentos. A mi lado en la cola se encuentra un chaval, junto a otras dos chavalas, de unos diecisiete años, tatuado con una lágrima negra en el pómulo y un tribal con una cruz gótica en el brazo. Viste con una gorra plana, pantalones pitillo que le descubren parcialmente las pantorrillas y veo además que no lleva calcetines y va maquillado, o más bien lleva hecha la línea de rímel en los ojos. Es el prototipo de gilipollas moderno, y en el tiempo relativo en que habla de la máquina y se pavonea con las dos muchachas, muy guapillas y como embelesadas por su discurso, se hace eco de las miradas de los demás alrededor, incluido yo, que escucho sin remedio sus sandeces.

  • Me parte el cora, tías. Se me pone tontito y voy yo y le saco el bicho, doscientos campos de memoria nuevos integrados, cross – fader para alternar los modos rima y rima libre, y va el tío y me dice que su modelo le da mil vueltas, que el cross – fader es de toyacos que no saben moverse bien con los patrones. Menudo subnormal.
  • Tú al Eric le fulminas. – Dice una de las muchachas.
  • Le fulmino y le hundo con dos rondas. Lo sé. Ya veréis cuando tenga esta nave espacial en casa.
  • El puro. – Dice la otra chica con tono sardónico.
  • O el de los puros habanos duros. – Añade la primera y ríen los tres a carcajadas – No podré olvidar nunca su cara, tan a gusto, fumándoselo con alegría, y la otra con él al lado.
  • Hasta yo olía un tufillo raro en el humo. Aquí hay algo que huele a podrido.
  • O a pescado podrido. – Vuelven a reír, ahora más fuerte, con mayor estridencia y escándalo. Entonces el modernito guaperas parece retomar su speech.
  • Para mí es un tío que para nada tengo algo contra él, pero es que sigue obsesionado con que los primeros modelos son los únicos que valen, como si cambiara algo. Técnicas. Si Beethoven hubiera seguido lo que petaba en su época no hubiera llegado lo siguiente, o si el CD no sustituye al vinilo, la radio a la tele, que digo, el mismo primer prototipo a las maneras de rimar de toda la vida, me explico, sin eso, no evolucionaríamos ¿No? –
    Yo ya estoy girado hacia él, prácticamente formo parte de su pequeña audiencia silente, el círculo que se estrecha en la cola y está forzado a escucharle, y no tengo intención alguna de decirle nada, ni yo, ni los que sienten ganas alrededor de rebatirle las estupideces.
  • ¿Tenéis papel? – Le pregunta el chico a las muchachas que niegan con la cabeza. Entonces mira a los lados brevemente y se fija en mí.
  • Señor ¿Por casualidad no tendrá un papel de liar?
  • ¿Por qué no debería tenerlo? -Le respondo.
  • Bueno, entiéndame. Es usted… -El chaval se sonríe y deja la frase ahí.
  • ¿Un viejo?
  • Yo no he querido decir eso. – Una de las chiquillas se interpone entre nosotros y dice –
  • Que le den a este pureta, Soma. Yo pido papel por ahí.
    Voy a responderle a la niñata algo al respecto de lo de “pureta” pero por detrás de mí se abre paso otro chaval con un septum en la nariz y también tatuado en la cara, en este caso con lo que me parece que es un monigote tipo manga japonés que le tapa la frente, y saluda al chavalillo con un estrechón de manos “!Soma, tío! ¿Cómo estás cabronazo?”.
  • Hola, Eric, hermano ¿Qué pasa?
  • ¿Eric? – Pregunto yo.
  • Oiga, está usted pasándose. -Dice el tal soma.
  • Llámame pureta o háblame de usted otra vez y tenemos un problema.
  • Cállate, pureta. – El chaval está a punto de agarrarme de la pechera cuando le digo –
  • Pureta que te va a meter un buen puro.
  • ¿Perdón?
  • Sí, un puro habano bien duro. – El chico se repliega y da dos pasos hacia atrás.
  • Vámonos Soma, este tío está loco. – Dice la chica que me ha llamado “pureta”.
  • ¿Un puro habano duro? ¿Qué dice este señor? – Pregunta el tal Eric.
  • Vamos, vámonos, anda.

Intentan llevárselo y el tal Eric me mira quieto por un momento, como tenso y con los puños cerrados, pero el estruendo del vocerío inunda de repente la plaza. Los cierres de la tienda se levantan y las cámaras de varias cadenas de televisión se acercan a la entrada. Todo el mundo se apiña allí y nos empujan en bloque para acabar aprisionados frente a un cordón de seguridad. Yo me siento asfixiado mientras me pisan y zarandean los demás y en lo alto de la vidriera del escaparate se enciende una pantalla gigante. Una sintonía solemne y emotiva de piano, con violines y tambores tipo Coldplay empieza a sonar, y de un fundido en negro surge la imagen en movimiento del aparato visto desde diferentes ángulos. Según aparece la máquina en cuadro se oyen gritos de júbilo y un revuelo entre la gente, pero todo el mundo calla en el instante en que empieza a hablar una voz en off.
“Un diseño innovador, un chip resideñado, 5G. Esto es I – Rhymer Pro’ 12. El A-14 Bionic integra un transistor más pequeño de cinco nanómetros. Es el chip más potente que jamás haya tenido un modelo I y va generaciones por delante.” Aparece aquí una secuencia de planos con sistemas electrónicos de aspecto complejísimo, gráficos con el chip y numeritos aquí y allá. La locución sigue hablando de un tipo de escáner, el llamado LIDAR, que me suena también a chino y que según la voz en off está “diseñado a medida para llevar la tecnología mapeo de profundidad avanzado a tu bolsillo”. No será al mío, pues la maquinita vale doscientos euros, me digo, y veo cómo la puerta automática del centro comercial empieza a abrirse y el cordón de agentes se refuerza por un momento. La gente se torna histérica de nuevo y empuja, y el anuncio adopta un cariz más intenso. “I – Rhymer Pro’ 12 viene en dos tamaños y cuatro acabados, incluido el nuevo azul pacífico. Todo esto, y mucho más, convierten al I – Rhymer Pro’ 12 en el I – Rhymer más potente de la historia”.
La plaza entera ruge en una tremenda ovación y el griterío de la marabunta irrumpe con fuerza. La pantalla se apaga y con la prontitud con que el cordón se abre y los agentes se apartan, la masa, incluido yo en ella, avanza inexpugnablemente en bloque a codazos y pisotones. Como llevado por el caudal de idiotas acabo pasando el umbral de la entrada y soy vomitado al lado de uno de los miles de mostradores con los dispositivos disponibles, pilas y pilas de cajas que la gente va arrebatando, alguno tantas como le caben en los brazos. Cojo una y la sostengo un momento entre mis manos, quieto, quizás la única persona que lo está en toda la tienda, mientras soy embestido por ráfagas de clientes que van entrando y uno de los agentes de seguridad situado en lo alto de una grada no me quita ojo de encima. También tengo a otros dos fichando detrás y pienso ahora que ha llegado el momento de hacer algo contra la máquina, cualquier cosa, pero el qué, me pregunto, quizás empezar a repartir los poemas y dejar uno en cada caja metido, o subirme a un mostrador y declamar el escrito. No lo sé, y resulta para mí ya ostensible que tendría que haberme dado la vuelta allí fuera en la plaza nada más topar con esta masa decadente de gente narcotizada, pero siento la necesidad de actuar, si no lo hace nadie la poesía simplemente morirá y el mundo seguirá su curso sin inmutarse.
A mi derecha por el pasillo veo a una reportera merodeando mientras narra la noticia y es seguida por un cámara. También tengo a escasos metros de mí a una de las muchachas que estaban antes fuera metiéndose delante de mis narices una de las cajas en el bolso. Introduce la mano en él para desimantar el broche de seguridad, que saca y deja escondido en la estantería. Yo no he traído un imán y quizás el mejor boicot sea simplemente llevarme una máquina gratis, pero tengo que llegar más lejos que eso, conseguir hacer el suficiente ruido.
Empiezo entonces a colocar doblados los poemas en el interior de varias cajas del mostrador y los de seguridad en la grada parecen bajar ya o al menos se han esfumado, pero según estoy escondiendo en el siguiente más, detrás de mí siento de repente un foco de luz pálida.

  • ¿Que le ha convencido para venir a adquirir el I Rhymer Pro 12’ caballero? – Me doy la vuelta y tengo el micrófono casi pegado a la boca. La chica, delgadita y con el logo de la compañía bien visible en la franela lo acerca hasta tocarme los labios.
  • No quiero adquirir ningún I Rhymer ni jamás usaría uno. – La reportera ríe y pregunta.
  • ¿Pero entonces qué le ha traído hasta aquí?
  • He venido a boicotear la existencia de la máquina. – La chica adopta de inmediato un gesto sobrio y los dos agentes de seguridad se apostan detrás de ella, pero cuando va a retirar el micrófono se lo quito de las manos y sigo mi discurso gritándoles a todos, harto de toda esta mierda y sin miedo ya, tan alto como me da el aliento, contra todo lo que representa el poder de ese maldito aparato. “!La máquina pone en peligro la esencia atemporal de la poesía! !Atenta contra las almas! !Destruye todo atisbo de humanidad! !Este dispositivo es la máxima expresión del sistema en que vivimos! !¿No os dais cuenta compañeros?! !Somos sus esclavos!”

La gente calla, paralizada y expectante, como atónita. Nadie termina de reaccionar ni se arma de valor para hablar. La reportera me arranca de un tirón el micro y yo de un zancada me subo al mostrador y lanzo por los aires el resto de poemas. “!Miraros, febriles por comprar una! !Yo os digo que boicoteemos a la máquina! !Sin nosotros, ellos, los dueños de la tierra, serán cenizas!” Según digo esto los agentes se me tiran para agarrarme y lanzo un último grito “!Todo el poder para los poetas!”
Cuando intentan bloquearme salto mostrador abajo, con tan mala suerte que caigo justamente sobre alguien que hay en el pasillo de pie. Me cercioro por un momento de que se trata ni más ni menos que de mi amigo Eric, quien empieza a golpearme también con virulencia hasta que un agente por detrás le asesta un taserazo en el cuello que parece dejarle seco. Sin embargo, cuando se dispone a aplicarme la descarga a mí el tal Eric se levanta, derriba por detrás al segurata y el táser sale despedido de un brinco para caer exactamente en mis manos. Llevado por un instinto casi suicida empiezo entonces a tasear agentes sin escrúpulos, tres que tenía casi encima y que se desploman rígidos y convulsionando al suelo, y según otros dos más se me vienen la gente alrededor les agarra e inmoviliza para abrirme paso. La reportera sigue retrasmitiendo y el cámara ha grabado todo, así que me dirijo al objetivo y repito otra vez “!Todo el poder para los poetas!” y la gente me secunda la frase y la grita a su vez. Yo la vuelvo a gritar y todos empiezan a corearla, sonando los coros con poderío en todo el centro comercial, en un clamor único y lleno de libertad.
Según los primeros mostradores empiezan a desbarajarse y caer, una patrulla de antidisturbios entra en la tienda y a porrazo limpio disuade a la masa que sale desbandada en segundos. Entre el tumulto escondido consigo escabullirme y corro por la plaza bordeando la esquina bajo unos andamios hasta meterme debajo de un coche. Tumbado sobre el asfalto veo pasar desde la horizontal un tráfago eterno de pisadas y oigo los golpes en el capó, los gritos, las bolas de goma silbando en el aire, y a los minutos irrumpe de nuevo el silencio alrededor.
Solo he de esperar callado lo suficiente y aguanto quieto, con el pulso agitado y conteniendo la respiración, mientras pasan a taconazos las botas de los últimos policías caminando. Cuando siento ya absoluta calma es de noche y creo que es el momento de intentar huir a un lugar seguro. Me escurro por la parte de atrás del vehículo para agazaparme y quitarme el abrigo y voy a ritmo tranquilo hasta el bar más cercano, bordeando la manzana. Nada más sentarme en la barra, pido un cortado y el camarero parece fijarse en las magulladuras que tengo en la cara. Igualmente con ademán desabrido me sirve el café que tomo mientras miro ya el televisor. Están echando el telediario de la noche, y tras una noticia económica aparece abarcando la pantalla completa la imagen de mi cara, un perfil robot bastante poco conseguido. También surgen a continuación las imágenes de cuando taseaba a los seguratas de la tienda y de los disturbios, y el camarero me mira de repente con pavor, como compungido por momentos. Yo le digo que me ponga unas gotas de coñac en el café, y antes de retirarse a la cocina las echa rápidamente, una dosis abundante. “Invita la casa” añade mientras se va, y fuera, iluminándolo todo a las puertas del bar, se ven llegar los fulgores azules y se oyen ya las sirenas. Ya están aquí esos bastardos, pienso, y por el televisor la presentadora termina de contar la noticia:
“La máquina ha tenido de inicio muchos detractores, la gente se ha hecho eco del suceso y los altercados han sido secundados en otras tiendas de la ciudad. En I – Rhymer existe preocupación por cómo puede afectar todo esto a sus ventas y a la popularidad del producto. El sujeto no ha sido identificado aún y sigue en paradero desconocido, pero igualmente lo ocurrido tiene ya miles de tuits y las redes hierven bajo la misma consigna:
Todo el poder para los poetas”.

“La máquina de rimar”
Londres – 27 / 02 / 2021
Efe Navas.

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El verso más bello de la historia.

Hoy he escrito el verso más bello y conmovedor de la historia sentado en el piso alto del autobús 266. Me dirigía a Cricklewood Broadway desde la zona de Harlesden en mi tránsito diario a tomar café y en el ejercicio habitual de escritura automática brotó por sí mismo, tan esbelto y perfecto que sencillamente lo consideré ya en ese momento nacido de la fuerza inspiradora del mismísimo Dios. Siempre voy por la mañana aunque queda lejos, y eso que ahora no abren los establecimientos por la pandemia y tomo mi expreso allí para llevar, pero es que es el mismo viaje en sí para mí el principal entretenimiento, pues lo dedico básicamente a escribir.
Iba solo a excepción de otro pasajero que parecía dormido y estaba ubicado detrás de mí en los últimos asientos, encapuchado y vestido con un chándal. Se trataba de un individuo negro de unos treinta y cinco años muy corpulento y de aspecto algo zarrapastroso, como con pinta de maleante, que escuchaba música por los auriculares con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventana. Pasaba justo por la biblioteca de Willesden Green e iba sin mascarilla, me había acomodado dejando mis bártulos a un lado y esta persona se mantuvo ajena a mí hasta que di con la última línea y el poema quedó ante mis ojos en la pantalla, expresando esa inmensa ternura, la más poderosa sensibilidad jamás conocida. Lloré, empecé a llorar a moco tendido y lanzando gemidos altos, y el negro corpulento se desveló de su letargo y me miró fijamente. Sentí la necesidad de compartir tanta hermosura con el mundo y seguí sollozando cuando me acerqué a él, que estaba como atónito y con los auriculares quitados ya, y le dije:
-Lee esto.
-¿Perdón?
-Sé que no nos conocemos, pero necesito que leas esto.
-¿Quién cojones eres y por qué tengo que leer nada?
-Solo empieza por esta primera línea. – Acerqué el teléfono y señalé la pantalla.
-Aparta o te pego un bofetón subnormal.
-Por favor, solo es leerlo y te dejaré en paz.
-He dicho que mantengas la distancia. – Me mantuve en la misma posición y la persona dio un fuerte bandazo al teléfono y lo lanzó por los aires.
-¿Por qué has hecho eso? -Pregunté y el tipo guardó silencio. – ¿Qué por qué has hecho eso? – Le volví a preguntar gritando.
El negro corpulento entonces sencillamente se levantó y de un puñetazo en la cara me tumbó al suelo. Yo quedé derribado en el pasillo mientras él rezongaba algo que no podía entender bien por la conmoción. Pasó de largo pisándome una pierna hasta donde había quedado tirado el teléfono y vi desde la horizontal bajo los asientos cómo lo cogía y con él en la mano volvía donde estaba yo aún semi-inconsciente.
-Lunáticos como tú deberían estar encerrados. No entiendo cómo pueden tocarme siempre a mí todos los locos de la ciudad. Ahora dormirás tranquilo puto esquizofrénico. Que leyera de tu teléfono algo, decías, a ver qué tanto hay escrito aquí. –
Dijo y miró la pantalla. Su rostro se iluminó de paz absoluta de repente, y según terminó de leer la última barra aquel hombre empezó a llorar como una magdalena mientras se golpeaba el pecho y le temblaban las canillas. Me incorporó dulcemente, empezó a palparme con mimo el ojo que tenía ya hinchado y se abrazó fuertemente a mí mientras recobraba otra vez del todo la lucidez.
Lloriqueábamos los dos abrazados cuando las luces del autobús se apagaron y el vehículo se paró. El zumbido del motor cesó y ambos quedamos expectantes sin oír nada más en el silencio sepulcral repentino. Una voz por megafonía dijo en ese instante con tono bronco y robótico “Les pido que dejen de provocar altercados en el autobús y mantengan la calma. La policía llegará en cualquier momento”.
El hombre me soltó, bajó de inmediato a donde estaba el conductor y yo pude también seguirle. Tenía mi teléfono, llevaba consigo el verso más bello de la historia, todo un poder, y lo golpeaba contra la mampara mientras le gritaba a aquel señor con boina, probablemente paquistaní, viejo y malhumorado, que se mantenía callado. El tipo negro daba toques con la pantalla en el plástico y le decía repetitivamente que no llamara a la policía, que para comprender bien del todo lo que estaba ocurriendo tenía que leer el poema.
-La policía ya está de camino. Es mejor para todos que estéis ambos tranquilos.
-Pero no lo entiende señor. Ha sido simplemente un malentendido y ya estamos más que tranquilos. Solo necesito que lea la primera línea de este verso y no le molestaré más.
-Que lea ese verso.
-Sí. – Respondimos al unísono el tipo y yo.
-No puedo si no abro la mampara. Es un protocolo estricto que he de respetar.
-¿Qué más da el protocolo? Ármese de humanidad por Dios. – Dije yo.
-Está bien. Intente pegar más el teléfono y no haga ningún movimiento extraño. Solo póselo en la ventanilla. – El hombre hizo exactamente lo que dijo el conductor.
-No lo veo bien.
-¿Cómo que no? Espere que lo acerco más. – Pegó sin mucho éxito más el teléfono a la mampara.
-¿Pero y por qué no me lo lee usted mismo?
-Déjame el teléfono a mí, amigo. – El hombre negro me devolvió el teléfono y yo lo pasé hasta el otro lado por la ranura del cambio – Léalo ahora por favor.
Con la prontitud con que aquel viejo conductor terminó el poema empezó a echar lágrimas tendidas y a lanzar bendiciones entre sollozos, abrió la mampara del autobús, aún parado en la avenida, y se nos echó encima para darnos un intenso abrazo a ambos. El repiqueteo de unos nudillos sobre el cristal de la puerta del vehículo nos alertó a los tres, quienes giramos la mirada y vimos fuera con gesto de absoluto desconcierto a dos agentes de policía.
-¿Qué está pasando aquí?
-Nada señor agente. Finalmente no hay nada que reportar. – Dijo el conductor.
-Ha llamado hace exactamente diez minutos diciendo que un individuo negro corpulento había agredido a otro blanco de complexión asténica. Estos dos sujetos con los que se está abrazando encajan a la perfección con ese perfil y creo que merezco una explicación.
-Lea esto señor. – el viejo le pasó el teléfono al agente quien miró a la pantalla y dijo –
-No puedo. Está apagado.
-¿Cómo que está apagado? – Añadí yo y el agente me devolvió el aparato que efectivamente parecía no tener ya batería.
-De acuerdo señores. Dado que entendemos que nadie va a presentar cargos nos vamos a retirar. Que tengan buena mañana.
Los agentes se marcharon y todos volvimos sin mediar más palabra, como consternados y fríos de repente a nuestros asientos, el conductor al del interior de la cabina y el tipo negro de nuevo a la última fila del piso alto del autobús. Intenté hacer reaccionar el teléfono el tiempo restante que tardé en llegar a la cafetería de Cricklewood, mientras me curaba el golpe y me tomaba mi café de la mañana, a mi vuelta de nuevo en el bus, ansioso por dilucidar qué hacer con tan preciado tesoro, un poder quizás incontrolable, un arma que podría cambiar en días el planeta entero.
Ahora, llegado ya a casa, mientras escribo estas palabras con el aparato cargando, guardo todavía el poema en un archivo aparte y espero a tomar esa decisión para abrirlo y compartirlo con todos o simplemente borrarlo. Pero eso es algo que prefiero abordar más adelante por que en este momento solo puedo paladear en el recuerdo las frases e imágenes puntuales que me sobrevienen aún del texto y retenerlo ahí. Me recreo en la deliciosa sensación de saberme creador del que es y será sin duda siempre el verso más bello y conmovedor de la historia.

El verso más bello de la historia.
Efe Navas.
Londres – 07/02/2021

Retrato de Asmar.

Cuando Asmar articula la palabra “Alafont” y eleva el dedo índice y la barbilla, nadie de los comensales alrededor presta verdadera atención a lo que dice, pero él de alguna manera se hace partícipe del silencio puntual de los otros y señala, o apunta con la mirada a alguien para seguir su discurso. Un canuto de jachís empieza a humear justo antes, casi como señal de que el punto de conversación va a alcanzar una densidad suficiente y los elefantes, o alafonts, los árboles, cualquier elemento alrededor se reunirá en lo que opina y además casi existirá por ello.
El génesis es exactamente lo que defiende: “God”, Alá, Dios, “Adam and Eve” derivan en tres caladas profundas en la constitución del mundo y sus componentes visibles son enunciados como sacramento y mejor prueba, la más irrefutable de todas, de la fisis del cosmos, cada astro y especie, provienen de algún modo del paraíso y se observan con claridad en todo lo que nos rodea, quizás no “alafonts” pero sí el árbol cercano, esa farola, el cliente del café más próximo al que apunta.
Asmar, o simplemente Magmud Asmar Tarib, es un libanés de madre cristiana y padre chiíe que cree con firmeza en la Biblia y gusta de predicarla de manera espontánea en el rato que se habla, divorciado y con una hija en Escocia, barbero tres días a la semana, toma un expreso y fuma para explayarse con otros temas aquí cuando libra, que es una mayoría de su tiempo, y siempre las sagradas escrituras son motivo de conflicto filosófico para él o solo dan alas a cierto monólogo. Repite un gesto con una frecuencia aproximada de dos minutos cuando lo recita en el que se ajusta el cuello de la camisa en un respingo y atusa el tupé cuando nadie le observa (o cree que nadie le está mirando) que es lo normal, y a veces si los alafonts y su física derivan la retahíla a la antigua Jerusalem, dice que Líbano vio nacer a Jesús en un área próxima a la localidad de la que él es. La temática puede tocar el fútbol, del que no sabe en verdad demasiado y que siempre resulta algo trivial, y recuerdo una vez que Asmar llegó a insinuar que este deporte era originario de su tierra, una jornada de la Premier League que pusieron en el bar bastó para deslizarse hasta esa afirmación, pero acto seguido dio una calada muy fuerte al peta, se retocó el cuello, miró al suelo callado y se atusó el tupé.

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#retratonarrativo #poesiaurbana #ejercicioliterario

Jisus Crazy

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“Perdonales Dios porque no saben que son gilipollas”, dijo el poeta, que muchos lo oyeron, meses después de su discurso en la colina, acorralado en las afueras por dos guardias civiles.

Le buscaban, sabían que gustaba de juntarse con indeseables y pobres, venía de reyertarse en varios comercios del Xanadú con los propietarios, y se le hacía peligroso.

Jisus Crazy, así firmaba a veces en algunos muros, estaba en busca y captura desde que uno de los agentes perdió una de las orejas en el tumulto, llevada la gente por lo que sus palabras traían, cientos de personas alertadas por SMS que se concentraron allí y que cerca del acceso a la autovía, en la casa de campo, apalizaron a todo el operativo.

El poeta, a quien se dio por torturado en Leganitos, al tercer día, salió en libertad.

Palabra de los Poetas.
Versículo 70- 33